Max Estrella presenta la segunda exposición individual de la artista cubana Diana Fonseca en la galería. Bajo el título Entelequia, la muestra reúne su obra más reciente.
La palabra entelequia significa «tener el fin en sí mismo». Alude a la fuerza vital que impulsa la vida, la autorrealización y el esfuerzo consciente por alcanzar un fin intrínseco que, al mismo tiempo, constituye su propia meta. Es en este proceso donde el ser alcanza su perfección. Desde esta premisa filosófica, Fonseca concibe su práctica artística como su propia entelequia: el ser humano tiende, por naturaleza, a buscar lo bello, aquello que evoluciona y se perfecciona, y el arte se convierte en el medio más genuino para emprender ese viaje. El proceso creativo de Diana Fonseca nace de emociones y experiencias personales, aunque con frecuencia refleja también un sentir colectivo o generacional. A lo largo del tiempo, con sus ritmos cambiantes, surgen nuevas preguntas, deseos, nostalgias, sueños y necesidades. Todo ello configura la práctica artística de la creadora cubana.
La exposición se presenta como un collage emocional: una recopilación de objetos que actúan como canales de conexión con el mundo interior de la artista. Un proceso que busca acercarse a la verdad, porque, para Fonseca, estar en la verdad es estar en paz, y estar en paz es, quizá, la forma más pura de autorrealización. La artista canaliza y exorciza sus pensamientos y emociones a través del arte entendido como objeto metafórico.
El tiempo ocupa un lugar central en la muestra. En la pieza El tiempo y su retórica, reflexiona sobre sus dinámicas y su percepción mediante una estantería circular que reúne 250 libros cuyos títulos contienen la palabra «tiempo». También está presente en otra instalación, en la que veinte relojes metálicos incompletos continúan funcionando a pesar de carecer de alguna de sus piezas, cuestionando la idea de precisión y continuidad. El tiempo, parece decir Fonseca, «no se mide por la exactitud, sino por la experiencia que lo habita». La nostalgia constituye otra de las líneas maestras de su trabajo. En Diagrama de un recuerdo, una escultura sonora realizada con tuberías hidráulicas recrea el skyline de La Habana y habla tanto de su magia como de su precariedad, de los grifos que gotean y del agua que escasea. En Contemplación, decenas de cajas de cerillas pintadas componen el océano que la artista tuvo que cruzar y que hoy la separa de su tierra natal. Y, en este nuevo mundo, Fonseca siente que La libertad dibuja un difícil paisaje, una idea que materializa mediante una instalación de candados y vegetación.
La obra de Diana Fonseca se caracteriza por su capacidad para desmontar lo cotidiano y dotarlo de un gran poder simbólico. A través de objetos sencillos —tijeras, relojes, flores, libros o cerillas— construye un universo cargado de poesía y reflexión, donde la materia se convierte en metáfora de la experiencia humana. Su práctica, delicada y precisa, invita a mirar con detenimiento y a encontrar belleza en lo frágil y lo imperfecto.
Diana Fonseca es una artista entregada al desmontaje, casi obsesivo, de las cosas simples y de los sucesos cotidianos que la rodean. Quizá por ello, o debido a la dimensión lírica de su obra, captura imágenes diversas de la realidad y las interconecta a partir de discursos que hablan de la vida contemporánea y su saturación visual, del vacío y de la banalidad. Graduada por el ISA, ha expuesto en importantes galerías y museos de Cuba, Europa y Estados Unidos. En 2015 recibió el Premio de Adquisición EFG Bank & ArtNexus en Bogotá. Recientemente presentó una exposición monográfica con el mismo título en La Térmica, Málaga.